158. MI HERMANA IRIS

Lo sé, es ilógico que me eche a llorar porque una computadora se apaga, pero no sé lo que me pasa. Debe ser la menopausia, me digo, que me tiene así de sensible. Él la toma, la mira, se baja de la cama, va a la carpeta de Iris, saca una batería y se la pone.

—Cariño, tienes que ponerle siempre una batería antes de encenderla —me dice mientras lo hace—. Iris es biológica, y aunque posee una pequeña batería interior, para que funcione bien tienes que ponerle esta externa. ¿Ves? Ya abrió de nuevo. ¿Te gusta la imagen que hice de Iris?

—Gracias, amor, no sé por qué estoy tan sensible —me disculpo apenada—. Me asusté mucho cuando se apagó. ¿Sabes dónde están todos?

—Se fueron a esquiar —responde enseguida—. Tú estabas tan dormida que no despertaste cuando te llamaron las niñas. Les dije que fueran, que yo me quedaba contigo.

No puedo creer que haya dormido tanto. Por lo general duermo solo hasta las seis de la mañana; debe ser el cambio de horario. Pero me siento muy cansada, en verdad
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