127. FELIZ DE QUE SEA JOVEN

Aunque hablamos con ellas cada día por videollamada, siempre que recibimos una llamada de Suiza, mi corazón da un salto. Especialmente porque nunca había estado tan lejos de mis dos hijas desde que nacieron.

—Están bien, señor —respondió Renato del otro lado de la línea, haciendo que soltara el aire que, sin darme cuenta, había estado reteniendo.

—Gracias a Dios —murmuré, cerrando los ojos por un segundo, aliviada.

—Lo llamo para informarle que ya comenzamos las clases. ¿Está seguro de que es necesario que yo también reciba las clases de ingeniería en aviación con las chicas? —continuó Renato, con un tono medio escéptico que me hizo sonreír un poco.

Robin, sentado con su habitual postura relajada pero con esa autoridad que nunca pierde, respondió con firmeza:

—Sí, Renato. Sé que puedes. Además, así siempre estarás con ellas.

Renato guardó silencio unos segundos. Podía imaginarme su expresión de duda y seriedad, mezclada con un leve toque de resignación.

—No sé, señor... —dijo finalmen
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