—No te reconozco, Mikhail. ¿Cómo puedes negociar con la vida de un niño? Nunca pensé que fueras tan nefasto— soltó Anna con decepción. Él, por un momento, se sintió mal, pero de inmediato retomó su semblante frío y se encogió de hombros.
—No estoy negociando con la vida de tu hijo; lo hago contigo. Necesitas un favor de mi parte, y yo solo pido algo a cambio.
Anna dio un paso al frente, aunque temblaba de impotencia.
—Puedo suplicarte de rodillas si eso te hace sentir bien, pero lo que me pides