Le cuento a Gaby, que cuando venía de niña, había una gaveta escondida en su buró, que siempre quería saber que guardaba allí. Pero nunca me dejó mirar. Me hace prometer que nos iremos temprano, a jugar un poco. Y que pasearé sin ropa delante de él, se le ha hecho una obsesión. Trato de oponerme, pero insiste que desea ver mi hermoso cuerpo.
—No sé cuánto hace que no veo mis queridas tetas y mis adoradas pompis —dice Gaby y me río.
—Ja, ja, ja…, eres un pervertido, ¿qué es eso de mis adoradas