Ese mismo día...
Unos pasos femeninos avanzaban por los corredores del palacio en dirección a la oficina de Aidan. La melliza de larga cabellera plateada caminó hasta detenerse frente a la puerta, levantó la mano y golpeó un par de veces con los nudillos, aguardando alguna respuesta.
—¿Alfa? ¿Se encuentra allí? —articuló Somalia.
Sin embargo, no obtuvo contestación alguna. Entonces probó empujarla y descubrió que no estaba cerrada. La puerta se abrió con un leve crujido.
—¿Alfa? —llamó nuevamen