A Somalia le resultaba difícil aceptar que estuvieran hablando de ella con semejante frialdad, como si no fuera una persona, sino un objeto que podía entregarse a cambio de un favor.
Sentía el pecho oprimido, la garganta cerrándose por la angustia y los ojos llenándose de lágrimas mientras dirigía la vista hacia Aidan, aferrándose desesperadamente a la esperanza de que todo aquello fuera un malentendido.
—Alfa... —su voz salió entrecortada, quebrada por el miedo—. ¿Qué está pasando? Dígame que