—¡Alice! —la menciona Damián, intentó detenerla nuevamente, pero ella cerró la puerta de un portazo, impidiendo que eso sucediera. Damián, del enojo, empuña su mano derecha y golpea fuertemente la puerta, para luego recostar su frente en la madera fina y allí soltar un suspiro; se siente cansado —yo… —intentó decir algo, pero su orgullo lo consume, y tensa su mandíbula, se limita a abrir su corazón.
Alice Cooper camina por el pasillo que conduce al ascensor, sentía su alma desarmarse lentamente,