LIORA
Las “habitaciones” no son habitaciones.
Son un pequeño apartamento… demasiado amplio para un cuerpo que conoció diez años de jaula.
El silencio pesa, dulce y extraño.
Estoy de pie, clavada en medio de la sala, mirando como si todo fuese un sueño mal alineado.
Estoy afuera.
Libre.
Respirando.
¿De verdad salí?
Mi mente lo repite como un eco viejo que no termina de creérselo.
Hay una cama enorme.
Una televisión que parece ventana a otro mundo.
Ropa —mucha— y una bañera de hidromasaje brillante como un pecado prometido.
No he visto algo tan suave, tan mío, desde antes de convertir mi vida en sobrevivir.
¿Puedo quedarme aquí?
No quiero pensar en la palabra hogar, porque todavía duele. Mi manada está muerta. Mi padre… el castillo… fuego y gritos. Todo lo que fui.
Un golpe en la puerta me sobresalta. El corazón salta como si esperara correas y garras.
—Liora, soy Mara—voz suave, tibia—. Trabajo en cocina. El Alfa Ronan pidió que te subiera comida.
Voy a dejar la bandeja aquí afuera, ¿s