— Señor, por el teléfono que rompió, le pedimos que pague el precio completo.Miguel levantó la mirada hacia él con ojos fríos como el hielo, y al instante, aparecieron dos cantineros más.
— Señor, tenemos cámaras de seguridad. Si no coopera, tendremos que llamar a la policía.
El cantinero señaló las cámaras ubicadas en el techo.
Aunque Miguel estaba rojo de ira, tenía algo claro: si no pagaba, esa mujer, Luciana, realmente lo llevaría a los tribunales.
A pesar de su reluctancia, se quitó el relo