Al instante, Maximiliano cerró la boca incómodamente. El rostro de Miguel, que se había suavizado, volvió a ensombrecerse. Sus dedos se pusieron blancos de tanto apretar el teléfono.
—Andrea, ¿estás segura de esto?
Lo dijo entre dientes, pero Andrea respondió con naturalidad:
—Ya firmé el acuerdo. Nos vemos al mediodía en el café cerca de tu oficina.
Y colgó.
La mano de Miguel apretaba el teléfono como si quisiera triturarlo.
Maximiliano, viendo la situación, tragó saliva y se levantó.
—Eh... me