Después de llegar a casa y acostar a mis cachorras, me senté en el sillón reclinable con una copa de vino en la mano, con lágrimas aun quemándome los ojos mientras miraba por la ventana la solitaria luna.
Las nubes eran espesas, e incluso las estrellas no parecían querer acompañarla.
Suspiré, viendo cómo las nubes intentaban ocultar la luna, pero esta seguía apareciendo, cada vez más hermosa.
—Entonces, yo era el problema —murmuré, recordando su reacción cuando me quedé embarazada.
Todos dijero