La forma en que se movía me preocupó por ella.
Me rodeó con sus brazos y comenzó a llorar, derrumbándose como si hubiera estado conteniendo el dolor durante demasiado tiempo.
—¿Yuvonne, estás bien? —pregunté, devolviéndole el abrazo y acariciándole suavemente la espalda.
—No, no estoy bien. No estoy bien aquí —lloró.
Cuando intentó alejarse, la mantuve cerca y con cuidado le coloqué mechones de pelo detrás de la oreja.
—Llévame contigo —suplicó.
—¿Qué? —pregunté, confundido y vacilante.
—Por fa