Capítulo 56: Promesas eternas.

Aquellas tierras, seguían teniendo aquel melancólico aroma de la lavanda en el viento. Los árboles, más altos de lo que alguna vez fueron según sus memorias, lo recibían en aquellos parajes que lucían tristemente desolados. Los viejos caminos se encontraban casi en su totalidad cubiertos de maleza, dejando ver pequeños caminos de deseo, que el trajín de los animales había dejado a su paso. Entrando en aquellas tierras abandonadas y solitarias, Giles dibujó una sonrisa cargada de tristeza en su
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