Bajé a la planta baja y salí al porche. El abrigo sobre mi cuerpo pesaba. Tuve que ponermelo porque el frio de la casa, sin calefacción estaba acabando con mis huesos débiles. El abrigo estaba todo lleno de polvo y aunque lo sacudí, seguía oliendo a guardado.
El aire del bosque era fresco. Había silencio en todas direcciones. Las casas de alrededor seguían dañadas. Madera quemada, ventanas rotas, restos de muebles. Los palos grandes donde hacíamos fogatas seguían allí, negros por el fuego. R