Jackson se encontraba en el borde del bosque, su refugio habitual, donde los árboles se alzaban como guardianes silenciosos. Desde allí, podía observar a Catarina. La luz del sol se filtraba entre las hojas, creando un juego de sombras que hacía que su figura pareciera aún más etérea. Ella reía con los animalitos que se le acercaban, ajena al peligro que acechaba en la oscuridad del bosque y a la realidad de quien estaba realmente a su lado. “Es increíble”, pensó Jackson con una mezcla de frus