17. La única, primera y última
POV: Lothar Weber
Encantado. Esa palabra no alcanzaba a describir lo que me provocaba. Su boca, sus manos, su lengua... Cada movimiento suyo era un conjuro, una droga que me elevaba más allá de cualquier límite terrenal. ¿Cómo podía un acto tan simple ser tan sublime?
Pero no lograba perderme por completo en el placer. No podía ignorar las marcas que decoraban su piel. Esos chupetones en su cuello, las magulladuras en sus muñecas, los raspones que se asomaban en otros rincones de su cuerpo...