204. Depredador al acecho
Amber
La habitación estaba sumida en la penumbra suave del final de la tarde, iluminada apenas por la luz tenue que se colaba entre las cortinas. El aire aún conservaba el calor de lo que habíamos compartido horas antes, y no conseguía borrar la sonrisa satisfecha que jugaba en mis labios mientras observaba a Leonardo dormir a mi lado.
Su pecho subía y bajaba con un ritmo sereno, la respiración pesada de un sueño profundo. El cabello ligeramente despeinado, los rasgos relajados. Era raro verlo así, completamente rendido al descanso, sin las preocupaciones constantes que siempre parecían pesarle sobre los hombros.
A pesar de todo lo que habíamos pasado, no me arrepentía de nada.
Mi mano se deslizó hasta el vientre, acariciando la piel aún lisa, pero que pronto empezaría a transformarse. Dos vidas crecían dentro de mí, y la idea era tan irreal como maravillosa.
Si seguíamos así, íbamos a terminar poblando el mundo de niños.
La risa me brotó antes de poder detenerla, y me tapé la boca de