183. El precio de la mentira
Leonardo
Me quedé a su lado mientras los espasmos continuaban, su cuerpo estremeciéndose con cada oleada de náuseas. La respiración le salía entrecortada, el pecho subía y bajaba de forma irregular. Poco a poco, fue recuperando el control; los temblores se atenuaron hasta que solo quedó su respiración pesada como prueba del malestar.
Cuando por fin pareció sentirse mejor, intenté ayudarla a incorporarse, pero me apartó con un gesto firme.
“No”, murmuró, con la voz ronca y agotada.
Sin esperar otra intervención mía, Amber se giró y empezó a caminar hacia el sofá. Sus pasos eran inseguros, las rodillas amenazaban con ceder, pero se negaba a rendirse. Su orgullo, su rabia, su deseo de alejarse de mí eran más fuertes que su propio cuerpo en ese instante.
El silencio que siguió fue ensordecedor, roto solo por el ritmo irregular de su respiración. Seguía pálida, los labios ligeramente temblorosos, pero sus ojos me ardían con la furia de una tormenta a punto de arrasar con todo.
Quería irse.