183. El precio de la mentira
Leonardo
Me quedé a su lado mientras los espasmos continuaban, su cuerpo estremeciéndose con cada oleada de náuseas. La respiración le salía entrecortada, el pecho subía y bajaba de forma irregular. Poco a poco, fue recuperando el control; los temblores se atenuaron hasta que solo quedó su respiración pesada como prueba del malestar.
Cuando por fin pareció sentirse mejor, intenté ayudarla a incorporarse, pero me apartó con un gesto firme.
“No”, murmuró, con la voz ronca y agotada.
Sin esperar o