147. El curso del agua
Leonardo
El camino hasta la sala de reuniones fue tranquilo, pero podía sentir la tensión que Amber llevaba a cuestas. Cada paso parecía pesarle más y, aunque no dijera nada, era evidente que su mente estaba llena de preocupaciones. En cuanto entramos en la sala, entendí la razón de su rigidez inmediata: Nadia ya estaba allí, revisando papeles sobre la mesa como si tuviera todo el derecho del mundo a estar presente.
Amber dudó al verla y buscó mis ojos de inmediato. Fue una petición silenciosa, pero inequívoca: yo tenía que ocuparme de eso.
Apoyé la mano en su espalda, un gesto simple que decía que estaba con ella.
"Nadia", la llamé, con la voz lo bastante firme como para cortar cualquier intento de conversación. Ella levantó la mirada, sorprendida.
"¿Señor Martinucci?", respondió, con un tono a medio camino entre la sorpresa y la defensa.
"No vas a participar en esta reunión." Fui directo, y mi mirada no dejó espacio para discusiones.
Sus ojos se abrieron por un instante antes de fru