141. Despedida
Amber
Después de la intensidad inicial, nuestros cuerpos volvieron a encontrarse en la cama, aunque esta vez con un pulso distinto. El movimiento era pausado, casi ceremonial, y cada caricia, cada aliento, parecía contener todo el amor y el afecto que nos teníamos. Había en ello una devoción compartida, una manera de honrar no solo el cuerpo del otro, sino también su corazón. Como si intentáramos grabar en la piel aquello que tantas veces las palabras no alcanzan a decir. Cuando por fin nos rendimos al cansancio, me dejé llevar por un sueño sereno, envuelta en el calor seguro de Leonardo.
El sonido suave pero persistente de unas teclas me despertó. Parpadeé un par de veces, intentando acostumbrarme a la luz tenue de la lámpara que él había encendido. Me giré en la cama y vi a Leonardo sentado en la mesa, de espaldas a mí, completamente absorto frente al ordenador.
Me levanté y el contacto del tapete bajo mis pies desnudos me regaló un pequeño consuelo mientras me acercaba. Rodeé su to