Mientras los cuatro continuaban su camino a través del búnker, podían sentir la tensión en el aire.
Cada vez que abrían una puerta, sus corazones latían con fuerza, esperando encontrar algo que pudiera ayudarlos a dar con los niños.
Sin embargo, cuando llegaron a la última puerta, todo parecía perdido. La puerta era enorme y pesada, y no tenían la forma de abrirla.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Gianina con la frustración grabada en el rostro.
—No podemos darnos por vencidos —respondió Alejandr