Luego de unos cuantos minutos, Gianina bajó lentamente las escaleras, con el bolso colgado del hombro, dispuesta a marcharse.
Adriano, quien había tenido tiempo de sobra para pensar en todo lo que habían hablado y se sentía temeroso de perderla, se acercó a ella y le dijo:
—Gianina, lo siento, yo… —Suspiró—. En verdad, no quiero que te marches, lo último que quiero es alejarme de ti…
Gianina alzó las cejas y lo observó con una mirada fría como un témpano de hielo.
—No me importa nada lo que dig