El aire en el despacho de Antonio Rossi, que se encontraba en el refugio en el que se había escondido durante todo ese tiempo desde su fingida muerte, estaba cargado de tensión.
Alessio Lazzari entró, sin anunciarse, y cerró la puerta detrás de él, consciente de que algo malo estaba sucediendo. No era propio de Antonio citarlo porque sí de la absoluta nada, y mucho menos a su hija.
Sarah ya se encontraba sentada en el sillón, mirando a su padre con total recelo, pensando lo mismo que Alessio. ¿