Mientras tanto, en la otra punta de la ciudad, Gianina cerró el correo electrónico que había recibido del contador de confianza de Antonio Rossi, con el ceño fruncido. Había pasado los últimos días buscándole una explicación lógica a la faltante de dinero en las cuentas bancarias que habían pasado a estar a su nombre, tras la herencia de Antonio, y, a pesar de que intentaba mantenerse calmada, la frustración poco a poco iba apoderándose de ella. Algo en todo aquello no cuadraba y, pese al desga