La señora Lucía se levantó de golpe y se acercó a su hija.
— ¡Ana! Hija, que haces levantada, tienes que estar de reposo, ven, acuéstate.
Prácticamente, empujo a Anabel hacia el interior de la habitación. Yo, aún nervioso, de un salto me puse de pie. No logré ver nada, la puerta de la habitación ya se había cerrado. Esperé algo impaciente e inquieto, fue máximo un minuto, pero a mí, me resultó una eternidad.
Sin poderlo evitar, escuché un poco su conversación. No es que estuviera espiando o alg