Un sonido extraño nos sorprendió en ese íntimo y tierno momento, nos separamos y noté que Anabel estaba roja como un tomate, el sonido se escuchó una vez más, se trataba del estómago de Anabel que aclamaba por comida.
Ella moría de la vergüenza, pero al mismo tiempo me agradeció mucho que pensara desde un principio en traer algo para comer.
Subimos al capó de mi auto y con un espectacular paisaje frente a nosotros, nos dimos un festín. Estuvo mejor de lo que esperaba, conversamos trivialidades