Capítulo ciento cuarenta y uno: Sin rumbo.
Volví a ponerme de pie, la tomé por su cabello y la arrastré hasta el baño encerrándola ahí para no tener que verla, podía oír sus gritos de súplica, pero alguien pagaría con sangre la ira que me consumía.
Caminé hacia la cama donde el sujeto, acalambrado de dolor; había logrado ponerse los pantalones, un puño seco en su perfil lo hizo caer al suelo dándose con el borde de la mesita de noche,
— Tú no te salvarás— le dije con una vos ronca que me quemaba, él se puso de pie frente a mí y lo re