Cuando entro, el sonido de la campanilla hace que llame la atención de los comensales y de los meseros, uno de ellos, un chico pelirrojo con ojos azules, y sonrisa de guasón, se me acerca con una carta de menú en la mano.
—Buenos días, señorita, ¿gusta una mesa o la barra? —me dice con amabilidad.
Niego con la cabeza mostrando la carpeta que traigo.
—Ah, vienes por lo del empleo —me guiña un ojo—. Espera aquí, enseguida le llamo al gerente.
—Muchas gracias.
El chico desaparece y las mesera