Cierro la nevera y subo las escaleras a paso de plomo. Entro a la habitación de huéspedes y observo que ya está despierto, parece desorientado hasta que sus ojos grises chocan contra los míos, con dificultad se incorpora, realizando una mueca de dolor en el rostro.
—Hermano —dice con voz ronca.
Es su voz, es él. No obstante, no puedo moverme, estoy tan paralizado, tan confundido.
—Julian, soy yo, Andrew —insiste.
Me acerco lentamente.
—Cuando éramos niños —hablo—. Solíamos tener un escondite se