MARIAN
EN EL PASADO
—¡Tienes que ser fuerte como tus hermanos!
El látigo choca contra mi piel, el dolor adormece mis demás sentidos y por más que intenté no llorar, es imposible cuando la piel se te abre dando paso a la sangre.
Uno tras otro, mis ojos se empañan por las lágrimas, veo borroso y aún me cuesta trabajo entender cómo es que sigo despierta y no desmayada por el insoportable dolor que me inflige mi padre. A quien no le tiembla la mano a la hora de azotarme.
—¡Tus hermanos jamás habría