—Bebe este vaso de jugo por mí.
Hilda vio cómo Maya le empujaba lentamente el vaso hacia ella. Un destello de culpa brilló en sus ojos.
Reprimió de inmediato el pánico y preguntó con aparente naturalidad:
—¿No eras tú quien quería beberlo? ¿Por qué ahora me pides que lo haga yo? Vamos, bébelo. No dejes que mi bondad se desperdicie.
—No puedo evitarlo. Soy una persona muy cautelosa —respondió Maya con serenidad—. ¿Por qué no tomas un sorbo antes de dármelo? Después de ti.
—No me gusta el jugo —s