123. Iré sola, es mi destino
Había llegado el momento que tanto había esperado.
El sol aún no salía cuando Dayleen entró en la armería privada del castillo. Su padre ya la esperaba, vestido con una capa real sencilla, pero con la misma presencia solemne de siempre. En el centro de la sala, reposaban dos objetos sobre una mesa de piedra tallada: una espada envuelta en terciopelo negro y un espejo de mano con bordes dorados.
—Te vas pronto —dijo el Rey Alarik, mirándola con orgullo contenido—. Más pronto de lo que querría.