El acto de presentación de la Fundación Valentina Valdés fue un martes a las siete de la tarde.
No en un hotel de cinco estrellas ni en la sala de eventos de la firma. En el centro comunitario de Lavapiés que la Fundación iba a ocupar: un local alquilado en la planta baja de un edificio de los años sesenta que había sido lavandería, después taller de costura, después academia de idiomas, y que ahora tenía las paredes pintadas de blanco y tres filas de sillas plegables y el olor todavía indefini