La caja estaba en el suelo del despacho, al alcance, como siempre desde el día en que Laura decidió bajarla del estante.
No había ninguna razón concreta para abrirla ese miércoles.
No había ningún acontecimiento que lo pidiera, ninguna carta nueva que tuviera que guardar, ninguna urgencia de revisión. Era simplemente la mañana del miércoles, el café en la mano, el despacho en silencio, y la caja ahí, con la presencia familiar de los objetos que forman parte del espacio donde uno trabaja sin que