Álvaro fue al Centro Penitenciario Madrid III a las diez de la mañana.
No pidió permiso para entrar. No tramitó visita. Se quedó en el aparcamiento del frente, con el coche parado y el motor apagado, mirando los muros del edificio.
El Centro Penitenciario Madrid III tenía esa arquitectura de los sitios diseñados para que la gente no salga: muros altos de hormigón, ventanas pequeñas, una escala que no está pensada para que uno se sienta bienvenido aunque sí para que sepa exactamente dónde está.