Miranda se encontraba en el cuarto del bebé, un santuario de esperanza cuidadosamente preparado con suaves tonos pasteles y delicados motivos de mariposas pues aún no sabían su sexo. Las paredes estaban adornadas con cuadros de acuarela y las cortinas, ligeras como nubes, se mecían al compás de una brisa silenciosa. Esa habitación, que había sido el sueño de tantas noches, era ahora el escenario de un acontecimiento inesperado pues ella había roto fuente mientras preparaba algunos últimos detal