El camino a la mansión fue casi una tortura para ambos. Federico no podía contener más sus celos ni la sensación de estar perdiendo el control sobre ella. Elizabeth, angustiada, no sabía cómo calmarlo sin terminar, otra vez, en una discusión.
—¿Vamos a ir a cenar? —preguntó al fin, intentando romper el hielo.
Él no respondió ni la miró.
—No lo creo —dijo, seco—. Tengo cosas que hacer.
Aceleró como si necesitara escapar de sí mismo. Al llegar a la casa, estacionó, bajó sin decir una palabra y se