Esa noche, la lluvia comenzó a caer con una furia inusitada.
No parecía tener intención de dar tregua a los habitantes de la aldea, quienes temían la crecida del río que la circundaba.
Elizabeth estaba inquieta. Tenía un mal presentimiento.
Por suerte, no estaba sola. A su lado, como siempre, estaba su ángel guardián. Su dulce y buen Pablo quien no se despegaba de ella.
—Me quedaré contigo esta noche, no te preocupes —le dijo con una sonrisa serena—. Puedes descansar tranquila. Mientras yo est