Neta-lee se apartó de Demien, mirándole descolocada. También algo atemorizada. Abrió la boca y la volvió a cerrar, repitió ese ejercicio un par de veces. Miró la impenetrable careta de Demien, que esperaba paciente su respuesta. Pero ella no tenía palabras. Ante él sólo había quedado una mujer muda cuyos pulmones quemaban exigiendo precioso aire.
—¿Y bien?
—¡Santo cielo! — se dobló hacia adelante, con los brazos cruzados contra el estómago, mientras jadeaba algunas bocanadas de oxígeno.
Se s