Romma se presentó en su trabajo esa mañana como lo había hecho cada día desde hacía seis años.
Entró a su oficina seguida de Mina, quien traía los mensajes recibidos y algunas carpetas con el logo de Casa Monterrey en su exterior. Dejó todo sobre el escritorio de Romma y se volvió a mirarla, sin saber cómo decirle las veces que Leo había preguntado por ella durante los días anteriores.
—Señorita, el señor Monterrey la ha llamado muchísimas veces, dijo que intentó comunicarse con usted, pero