Abrill
Mi aterrizaje en Colombia no fue ni de lejos un descanso. No hubo viaje a mi departamento para dejar las maletas ni a descansar el culo adormecido por las casi diez horas en el maldito avión.
En lugar de eso me dirigí de inmediato a las oficinas a una reunión con Carlos, Yennefer y el comandante de Dream. Sabía que el crucero estaba en el astillero, esperando mis órdenes para ser o no restaurado, reparación que me costaría millones, posiblemente la mitad de lo que me costó construirlo.