—A qué hora abre el laboratorio —dijo Dominic, ya sentado detrás del volante.
Mara miró el reloj en el tablero. —Adriana dijo que el dueño la esperaría a cualquier hora. Le debe un favor grande.
Condujeron en silencio durante la primera media hora, la ciudad quedando atrás, las luces de las calles dando paso a la oscuridad abierta de la carretera. Mara sostenía la pequeña caja en su regazo, sintiendo el peso extraño de un objeto tan diminuto que podía cambiarlo todo.
—Puedo sentir cómo la sos