La respuesta llegó a las diez de la noche.
Estaban en el sofá.
Ella leía.
Él miraba el árbol que se veía por la ventana, apenas visible en la oscuridad, solo su silueta contra la luz de la ciudad.
Su teléfono se iluminó.
Miró la pantalla.
Se quedó inmóvil un instante.
Ella lo miró.
—Crane —dijo él.
Ella dejó el libro.
Él leyó el mensaje.
Ella observó su rostro.
Lo que fuera que Crane hubiera escrito, estaba causando una impresión.
No una impresión dramática.
Una impresión profunda.
De esas que