El domingo amaneció dorado y despejado.
La ventana oriental mostraba su versión septuagenaria.
No el suave dorado de la primavera.
No el dorado intenso del verano.
Era el dorado particular del otoño, más bajo y prolongado, que reflejaba cosas distintas.
Reflejaba las hojas de las plantas.
Las ocho.
Cada una con su propio ángulo respecto a la luz.
Se quedó tumbada observándola durante diez minutos.
Luego se levantó.
Desayunaron en la mesa de la cocina.
El árbol dorado afuera.
La luz otoñal sobre