Me sentí un poco confundida por el cambio repentino en su comportamiento, pero no dije nada. Simplemente asentí y lo seguí fuera de la discoteca.
Estaba con mis sentimientos a flor de piel, el calor del baile, el alcohol y su aroma habían subido en mí, dejándome con una sensación de vulnerabilidad y excitación. El contacto de su mano con la mía era como un rayo de electricidad que recorría todo mi cuerpo.
— Vamos a tomar un taxi — me dijo Emir, mientras sacaba su teléfono para pedir uno.
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