Los días siguientes transcurrieron con una inquietante normalidad, una en la que había incluso olvidado mucho de los acontecimientos anteriores y su intensidad. Los últimos días habían sido una tormenta constante de dudas, planes, incertidumbre, desconfianza, pero, en esa noche, solo éramos Arzhel y yo.
—¿Sabes que no puedes ocultarte de mí para siempre? — susurró Arzhel con una sonrisa juguetona mientras se acercaba lentamente, apoyándose contra el respaldo del sofá donde yo estaba sentada.
—¿