El trayecto de regreso a casa estuvo envuelto en un silencio que no era incómodo, sino reflexivo. Las luces de la ciudad pasaban como destellos en la ventana y se reflejaban en el rostro de Arzhel, quien mantenía una expresión neutral mientras conducía. Sabía que, aunque nuestras palabras durante la cena habían sido un espectáculo, su mente ahora estaba procesando cada reacción, cada mirada, cada palabra que había salido de las bocas de Teresa y sus víboras.
Por mi parte, mi cabeza era un torbe