La mañana siguiente comenzó con un aire de extraña calma. Había algo casi inquietante en la tranquilidad que reinaba en la empresa. El ruido de los teclados resonaba en un ritmo sincronizado, los teléfonos sonaban con la misma proporción habitual, y las conversaciones de los empleados se mezclaban con el murmullo de la máquina de café. Pero para mí, todo parecía estar un tono más bajo, como si el mundo estuviera reteniendo el aliento en anticipación a algo grande.
Cuando salí de la oficina para