La cena que Teresa había planeado se sentía como una partida de ajedrez en la que cada movimiento debía ser cuidadosamente calculado. Esa mujer pensaba que estaba manipulándome, pero en realidad, había colocado su propia cabeza en la guillotina y yo disfrutaría cada momento de su lenta caída.
Arzhel continuaba sentado frente a mí, repasaba algunos documentos en su computadora. Su rostro estaba sereno, pero yo conocía las señales: la forma en que fruncía ligeramente el ceño y cómo sus dedos tamb