En la mañana siguiente, Arzhel se encontraba al volante, mientras mi gran y curiosa mente imaginaba todos los escenarios posibles de cómo terminó la noche para ese par de víboras. Una pequeña risa se escapó de mis labios mientras los imaginaba corriendo al baño a cada segundo, o lo mucho que podrían quejarse, pues, ambos, no tenían una buena resistencia al dolor, una gripe, parecía torturarlos.
A medida que pasaban los segundos, ya no podía disimular más, llamando la atención de Arzhel, quien,